jueves, 15 de julio de 2010

…Pero ese caldo estaba bueno, era como caldito de enfermo.

Dispuesta a cambiar mi sedentaria forma de vida, en la asignatura de bienestar universitario decidí inscribirme a tenis de campo, y motivada/presionada por un amigo me metí a nivel intermedio a pesar de a duras penas saber empuñar la raqueta, y ya que sentía la responsabilidad de que debía llegar a mi clase, al menos pudiendo responder media bola, le pedí a mi hermanita tenista, que me enseñara.

La cita era a las 2 pm en la cancha número uno de universidad; pero tan sólo media hora antes de lo pactado, una lluvia inclemente cayó sobre la tierra desmotivándome y queriéndome hacer desistir de la idea, además tenía ganas de seguir siendo una morsa sedentaria. Intente convencerla de que no debíamos jugar, pero finalmente a las dos de la tarde estaba yo con mi vestidito, mis tenis no aptos para jugar tenis (comprobados con la caída que me pegue a causa de ellos) y de raqueta en mano.
Pasada la hora, después de un absurdo sol y algo de frustración deportística, estaba feliz de regresar a mi hogar para descansar, pero se me fue informado que en media hora mi entrenamiento continuaría en las instalaciones de la liga antioqueña de tenis.

Proverbialmente se cumplía el “al que no quiere, le dan dos tazas”


(Realmente no fue tan malo, lo disfruté mucho)

No hay comentarios:

Publicar un comentario