El abrazo del que hablaba tanto ya se desdibujaba en el verdeazul de la película que había visto hace poco,
aquella cargada de nostalgia y tristeza, violencia discreta.
Se reconfortaba ahora con la certeza de la posesión de sus propios brazos, de su propio cuerpo,
del anaranjado y rojizo palpitar de su sangre, de la cálida contingencia de los músculos en su piel
y como esta le bastaba para ser feliz.
Se daba cuenta de que su naturaleza la abrazaba,
y ya nada faltaba.
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